
Foto: Juan Pablo Díaz
Bajo la lumbre
Por : Samuel Elias Abril Barrera



A pesar de los riesgos, el sargento se enfrenta a cada incendio con determinación. La llegada al alma del fuego en los páramos es una odisea. Desde la estación del centro histórico, ubicada en Calle 9 No.
3 – 12 Este, desde ahí su equipo puede tardar entre cuatro y cinco horas en llegar a zonas remotas como San Juan de la Unión. El trayecto no solo es largo; la altitud, que varía entre 3,400 y 4,400 metros sobre el nivel del mar, presenta un desafío respiratorio significativo. Cada paso se siente más pesado y la falta de oxígeno convierte la lucha contra el fuego en una de las más agotadoras experiencias.
Pero Almeida y su equipo no se rinden. Al llegar, su primera tarea es evaluar el fuego, observando la extensión del daño y la forma en que se propaga. “No podemos tomar decisiones apresuradas. Cada incendio es único”, explica. Ellos conocen los diferentes tipos de páramos y los ecosistemas que albergan. Desde los cercanos a las nieves perpetuas, que tienen una vegetación más escasa, hasta aquellos que están en los límites del bosque altoandino, donde la diversidad es más rica. Con cada evaluación, se establece una estrategia para combatir el fuego.
Video: Freepik

Créditos: Juan Pablo Díaz
Sargento John Almeida
Las montañas se alzan majestuosamente, la neblina danza con el viento y ante los ojos aparece un paisaje hermoso y a su vez frágil: los páramos. Este ecosistema único, hogar de una biodiversidad incomparable, es un refugio para especies que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta. Sin embargo, bajo su calma aparente, acechan peligros inminentes que amenazan su existencia.
El sargento Jhon Alberth Almeida con 46 años es uno de los muchos guardianes de estos paisajes. Con más de 22 años de servicio en el Cuerpo de Bomberos de Bogotá y 14 años dedicados al grupo especializado en incendios forestales, su vida ha sido una lucha constante por la protección de la naturaleza. Almeida es un hombre de presencia imponente, pero su voz es suave cuando habla de su labor. Sus ojos, profundos y sabios, reflejan su compromiso con la defensa de los páramos, y su corazón late al ritmo de las montañas que cuida.
Cada año, cuando el sol brilla con más intensidad y la humedad comienza a escasear, los incendios forestales se convierten en una amenaza latente. Los meses de noviembre a marzo, así como julio, agosto y septiembre, son particularmente críticos. En estas épocas, el aire se calienta y los combustibles naturales (las plantas y la hojarasca seca) se vuelven un foco de peligro. Almeida recuerda los días cuando el cielo se tiñe de gris por el humo y el sonido del fuego que devora la vegetación se convierte en una sinfonía trágica que resuena en su mente.


A pesar de los riesgos, el sargento se enfrenta a cada incendio con determinación. La llegada al alma del fuego en los páramos es una odisea. Desde la estación del centro histórico, ubicada en Calle 9 No. 3 – 12 Este, desde ahí su equipo puede tardar entre cuatro y cinco horas en llegar a zonas remotas como San Juan de la Unión. El trayecto no solo es largo; la altitud, que varía entre 3,400 y 4,400 metros sobre el nivel del mar, presenta un desafío respiratorio significativo. Cada paso se siente más pesado y la falta de oxígeno convierte la lucha contra el fuego en una de las más agotadoras experiencias.
Pero Almeida y su equipo no se rinden. Al llegar, su primera tarea es evaluar el fuego, observando la extensión del daño y la forma en que se propaga. “No podemos tomar decisiones apresuradas. Cada incendio es único”, explica. Ellos conocen los diferentes tipos de páramos y los ecosistemas que albergan. Desde los cercanos a las nieves perpetuas, que tienen una vegetación más escasa, hasta aquellos que están en los límites del bosque altoandino, donde la diversidad es más rica. Con cada evaluación, se establece una estrategia para combatir el fuego.
Video: Freepik


El sargento sabe que la recuperación de un páramo tras un incendio es un proceso lento y doloroso, “Puede tardar más de diez años en volver a su estado original”, comenta; durante ese tiempo, el suelo debe recuperar su riqueza en nutrientes y la vegetación debe renacer. Sin embargo, muchas veces la recuperación no es total. La pérdida de especies puede ser irreversible, y el equilibrio ecológico se ve amenazado.
En su lucha diaria, el equipo de bomberos enfrenta riesgos que van más allá de las llamas. La topografía del terreno es agresiva: el ascenso es empinado y peligroso, y la distancia que deben recorrer para llegar a los incendios es un desgaste físico y mental constante. Sin embargo, el mayor temor de Almeida no es el fuego, sino las consecuencias que este tiene para la comunidad. Sin los páramos, la captación de agua se vería gravemente afectada; estos ecosistemas son vitales no solo en el medio ambiente, sino también para las comunidades que dependen de ellos.
“Si perdemos los páramos, no solo afectamos la flora y fauna, sino que también comprometemos la vida de miles de personas. Son nuestros principales reguladores de agua”, afirma con convicción. Sin ellos, la agricultura se vería amenazada, y las familias que viven en las tierras aledañas sentirían el impacto directo en su sustento diario. Almeida es un firme creyente en la interconexión de todos los seres vivos; sabe que cada acción tiene repercusiones.
Las palabras del sargento tomaban cada vez más peso en la medida que el discurso ahondaba en las predicciones ambientales. Habla sobre cómo cambio climático ha alterado drásticamente los patrones de lluvia y temperatura. “Estamos viendo temporadas de sequía más prolongadas e incendios más intensos. La naturaleza está reaccionando a nuestra falta de cuidado”, cuenta con tristeza. La preocupación en su voz es palpable; sabe que los páramos, aunque resilientes, no son invulnerables.
A pesar de estos desafíos, Almeida se aferra a la esperanza. La colaboración entre entidades gubernamentales y Organizaciones No Gubernamentales (ONG) es vital para proteger estos ecosistemas. “La educación es clave. Debemos involucrar a la comunidad en la protección de los páramos. Cada persona puede contribuir, ya sea a través de la reforestación o simplemente informándose sobre la importancia de estos espacios”, insiste.

Mientras la neblina comienza a disiparse y el sol ilumina el paisaje, el sargento se siente renovado. Cada día trae consigo nuevos retos, pero también oportunidades de inspirar a otros. Su pasión por la naturaleza es contagiosa, y su compromiso resuena en quienes lo rodean. “La lucha por los páramos no es solo una batalla contra el fuego; es una defensa de la vida misma”.
A lo largo de los años, Almeida ha sido testigo de la resistencia del entorno. Después de cada incendio, ha visto cómo la vida comienza a renacer. Pequeñas plantas se asoman entre las cenizas, y el canto de los pájaros regresa poco a poco. “Es un recordatorio de que la naturaleza tiene la capacidad de sanar, pero necesita nuestra ayuda”.
Con la llegada de nuevas generaciones de bomberos, el sargento ha servido de mentor. Siempre llevando consigo sus conocimientos y experiencias, les enseña a respetar la tierra, a comprender los ecosistemas y a reconocer la importancia de su labor. “No somos solo bomberos; somos custodios de la tierra. Nuestra misión es proteger lo que nos da vida”, dice con fervor.
La relación de Almeida con los páramos va más allá del amor, siempre lleva consigo ese sentimiento inefable pero infinito, así día a día. Las montañas, el viento y los ríos son parte de él, y su compromiso de protegerlos es inquebrantable. Bajo el vasto cielo de los páramos, el sargento continúa su misión, convencido de que cada acción cuenta y cada esfuerzo suma, mientras que mantiene la esperanza en que la madre tierra siempre puede florecer, incluso entre las cenizas.
