
Créditos: Juan Pablo Díaz
Frontera agrícola:
Disyuntiva entre necesidad y conservación
Por: Luna Sofia López Duarte

“Nosotros no queremos dañar el páramo... Es nuestra casa. Pero si no sembramos, no comemos, Y si no comemos, nos morimos. Así de simple”.
Javier Quiroga
El sol se oculta entre las nubes bajas del páramo de Guerrero. El frío cala hasta los huesos, y el viento sopla con tal fuerza que parece arrastrar consigo las esperanzas y preocupaciones de quienes habitan estas tierras. Entre la cosecha de papa existe un ecosistema ancestral. Javier Quiroga camina con determinación. Su rostro curtido por los años de trabajo al aire libre refleja una mezcla de orgullo y cansancio. “El páramo siempre ha estado aquí para nosotros, dándonos lo que necesitamos. Pero ahora nos dicen que estamos acabando con él”, comenta mientras ajusta su gorra de lana.
A sus 46 años, Javier es el mayor de seis hermanos y cabeza de una familia que ha vivido del cultivo de papa por generaciones. Su historia, como la de muchos otros campesinos de la región, está profundamente entrelazada con la tierra que trabajan. Sin embargo, las tensiones entre la necesidad de sembrar y la importancia de conservar el páramo se han intensificado en los últimos años.

“Mi papá me enseñó a trabajar la tierra cuando tenía ocho años. Me decía que la tierra nunca nos deja morir de hambre si la cuidamos”, recuerda Javier, mientras recorre su parcela. Su cosecha promedio es de 3,000 a 3,500 bultos quincenales de papa, un sustento que no solo alimenta a su familia, sino que también abastece a los mercados de las ciudades cercanas.
Sin embargo, cultivar en el páramo no es sencillo. “Aquí todo depende del clima, y el clima no avisa. Si llueve mucho, no podemos sacar la papa ; si no llueve lo suficiente, no crece. Es un riesgo constante, pero es lo único que sabemos hacer”, explica mientras señala los surcos que él mismo ha trazado en la tierra.
Para Javier, el páramo no es un concepto abstracto ni un ecosistema frágil que deba protegerse a toda costa, es su hogar, su oficina, su escuela. Cada hectárea que cultiva le recuerda las noches sin dormir, los sacrificios familiares, y la incertidumbre de no saber si la cosecha será suficiente para cubrir las deudas.

Créditos: Juan Pablo Díaz
Páramo de Guerrero


Créditos: Juan Pablo Díaz
Cultivo de papa
Páramo de guerrero
Bosque de frailejones

Del otro lado de la balanza, Jenny Huertas, ingeniera ambiental y experta en ecosistemas de alta montaña con investigación en paramos del sur de Colombia , explica que los efectos del cultivo en el páramo son más profundos de lo que a simple vista podría parecer. “Los páramos son ecosistemas únicos. Funcionan como esponjas que capturan y almacenan agua, regulando su flujo hacia las zonas bajas. Pero cuando el suelo se altera para cultivar, esa capacidad de almacenamiento disminuye drásticamente”.
El problema, según Jenny, radica en las prácticas agrícolas necesarias para el cultivo de papa. “Para que la papa crezca, los agricultores necesitan drenar el agua del suelo. Esto implica cavar canales que secan la tierra, eliminando su humedad natural. A corto plazo, esto permite que la papa crezca, pero a largo plazo, el suelo se compacta, pierde nutrientes y se vuelve inutilizable para otras formas de vida”, explica.
El impacto no termina allí, los suelos desecados pierden su capacidad de capturar carbono, un proceso clave para mitigar el cambio climático. “Cada centímetro de suelo que se pierde en el páramo puede tardar siglos en regenerarse. Y mientras tanto, los servicios ecosistémicos que provee se van deteriorando”, señala Jenny con preocupación.

Jenny Huertas, ingeniera ambiental
Créditos: Jenny Huertas



El conflicto entre la supervivencia humana y la conservación ambiental es una cuerda floja que parece tensarse cada vez más. Por un lado, los científicos y ambientalistas advierten sobre los riesgos de perder un ecosistema tan valioso como el páramo. Por otro, las comunidades campesinas luchan por mantener sus medios de vida en un entorno cada vez más adverso.
“Nosotros no queremos dañar el páramo”-insiste Javier- “Es nuestra casa. Pero si no sembramos, no comemos, Y si no comemos, nos morimos. Así de simple”.
Mientras tanto, Jenny trabaja con organizaciones ambientales para diseñar leyes que protejan al paramo “Estamos explorando opciones como el ecoturismo, la reforestación con especies nativas, y la implementación de cultivos menos agresivos para el suelo. Pero todo esto requiere tiempo, inversión, y sobre todo, la voluntad de trabajar juntos”.
El viento comienza a calmarse mientras el sol se asoma tímidamente entre las nubes. Javier se detiene a observar el horizonte, donde el barro y la papa se extienden “Nosotros no cultivamos en el páramo puro , no le hacemos tanto daño pero es que tampoco nos dan otras opciones :es cultivar en estas tierras o morirnos”, reflexiona en voz baja.
Jenny, por su parte, tiene una visión más pragmática. “Los páramos son la clave para el futuro. No solo para Colombia, sino para el mundo. Pero si no actuamos ahora, ese futuro será mucho más difícil para todos”.
La lucha por el páramo no es una batalla entre el bien y el mal, sino un reflejo de las complejidades de un mundo donde la necesidad y la conservación están en constante conflicto. En medio de esta encrucijada, el páramo sigue siendo testigo silencioso de las decisiones humanas, esperando que algún día se encuentre un equilibrio que permita su supervivencia y la de quienes dependen de él.




Créditos: Juan Pablo Diaz