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Créditos: Juan Pablo Díaz

Luis Almeciga:

Recuerdos de un páramo soñado

Por: Luna Sofia López Duarte

"Qué ironía , cuando dañaba el páramo, todo era más rentable, pero ahora que lo cuido, ni siquiera me alcanza para llenar el estómago."
 

En el corazón del páramo de Chingaza, un ecosistema con 30 millones de años, Luis Jaime Almeciga Castro, quien nació y vivió gran parte de su vida aquí, se pone sus botas de montaña, coge el machete mientras empieza a contar su historia con la calidez de quien conoce cada rincón de su hogar. “Llegamos a estas alturas hace ya 70 años”. Aunque no vivió aquí de manera continua, siempre mantuvo un contacto cercano con el páramo. “Compartimos incontables horas de trabajo en el frío y la humedad”, recuerda al dejar escapar un suspiro que parecía cargar con el peso de los años. Mientras habla, es evidente cómo esos momentos compartidos habían dejado una huella profunda en su corazón. “La vida era dura, pero también hermosa”, continúa, mientras en su mirada se refleja una mezcla de nostalgia y orgullo.

 

¿Cómo era la vida en el páramo en los días de su niñez?

 

Luis mira hacia el horizonte, como si buscara las imágenes de su infancia entre las colinas y frailejones. “El clima era implacable” comenta ,“El frío calaba más profundo y las lluvias caían con una fuerza casi despiadada”.

Su preocupación por los cambios en el clima era palpable. “Ahora, a pesar de la tecnología y el progreso, las lluvias abundantes y el frío intenso de mi niñez se han vuelto escasos. Bogotá está sufriendo las consecuencias con la escasez de agua”. ​

La conversación se tornó más profunda cuando mencionó a los muiscas. “Ellos llegaban al páramo solo para realizar rituales sagrados”. Este lugar era un espacio espiritual para ellos, no un hogar permanente. Sin embargo, la llegada de los españoles marcó un punto de inflexión en la historia del lugar. “Sometieron a nuestros ancestros, no solo a las comunidades indígenas sino también a los recursos naturales del páramo”, agrega con tristeza.​

La historia de estas tierras no solo era una historia de belleza natural, sino también de sufrimiento y resistencia.​

 “Los españoles dieron tierras difíciles de habitar a los campesinos para alimentar el ganado; así nació la práctica de las quemas”. Su voz se vuelve grave al recordar las injusticias sufridas por los indígenas “Fueron forzados a trabajar para los hacendados, sufriendo maltratos y abusos. Las mujeres eran víctimas de violencia sistemática durante años . No había transporte ni energía eléctrica. Dependíamos de nuestro ingenio y costumbres transmitidas por generaciones”. Caminaban descalzos sobre la tierra áspera, enfrentando espinas y ramas a cada paso. “Hoy hay encauchados y plásticos”, comentó con una leve sonrisa melancólica mientras reflexiona  sobre los cambios que había visto a lo largo de su vida. A pesar de las dificultades pasadas, su amor por la tierra era innegable

Créditos: Juan Pablo Díaz

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Luis Almeciga, guía de Ecopalacio

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Créditos: Sebastián Moncada

¿Hasta cuándo duró la región en estas condiciones?

“Duró décadas; incluso cuando yo era niño, todavía se practicaban las quemas para la ganadería, y mi madre cocinaba con leña”, comenta mientras con su machete golpea las ramas altas de los árboles. “Obviamente, esta primera etapa duró hasta la llegada de la industrialización a la región. La fábrica de cemento Samper, que por primera vez les ofreció un salario fijo, fue inaugurada el 1 de abril de 1933. Este hito fue importante porque la comunidad pasó de subsistir con la ganadería, escasa y difícil en las montañas, a desplazarse al pueblo de La Calera y trabajar en la industria. 

 

¿Cómo tomó la comunidad la llegada de la fábrica Samper?

“En esa época todavía se ejercía la esclavitud, de manera informal; los patrones podían azotar a sus trabajadores sin razón y las mujeres ser abusadas. Cuando llegó la fábrica, fue una nueva oportunidad para el campesino de irse y buscar trabajo en otros lugares, lo que provocó que los hacendados cambiaran de actitud, ya que se quedaban sin trabajadores. Comenzaron a dar tierras a cambio de trabajos, por eso ahora varias personas de la región poseen tierras que vienen de orígenes campesinos”. Luis menciona que la fábrica trajo beneficios para la comunidad: llegó el salario fijo, los campesinos eran dueños de tierras propias y la esclavitud terminó.

 

¿Recuerda alguna consecuencia ambiental que se haya visto en esa época por la industrialización?

​Luis se detiene en su caminata y mira al horizonte, pensó en la época en que su padre trabajaba para la fábrica y su familia, como muchas otras, se beneficiaba de la industria. A la región aún le duele el cierre de la fábrica en 1999. Les preguntan mucho sobre sus beneficios y cómo afectó esto a la comunidad, pero muy pocos se detienen a pensar sobre los daños ambientales que generó la explotación en el páramo. “Lógicamente, donde hay explotación minera y, aún más, donde hay industria, el ambiente sufre. En el caso de la mina, el agua arrastraba todos esos residuos; los pastizales eran imposibles de comer para los animales, incluso varios animales con pelaje claro se volvían negros por el cemento, y los caballos no podían ni respirar bien porque se les formaban bolas de cemento en la nariz. Varias personas que vivían muy cerca de la fábrica tuvieron problemas respiratorios”, menciona mientras mueve su machete de un lado a otro, con la mirada perdida, recuerda los eventos que en su tiempo se normalizaban, ya que los mismos afectados eran quienes más se beneficiaban, así que jamás existió una protesta por el daño ambiental causado por la industria. “Después de que la fábrica cerró, a varios les tocó, por necesidad, volver a ejercer la ganadería en los páramos y otros tuvieron que desplazarse a otro lugar”.

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Créditos: Juan Pablo Díaz

Ruinas de la fábrica de cemento Samper

Conoce su historia en esta crónica sonora:
Crónica sonora- historia de la fábrica Samper
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Créditos: Sebastián Moncada

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Créditos: Juan Pablo Díaz

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Ruinas de la fábrica de la casa de Luis Almeciga

Después de 30 minutos de caminata, Luis se detiene por la vegetación hasta llegar a las ruinas de una casa. La mira con nostalgia y comenta: “Esta fue la última vivienda que tuvimos aquí en el páramo; aquí viví con mi hermano mayor un tiempo, y después yo viví solo durante 15 años”.

 

A principios de los 80 llega la empresa de acueducto para comenzar con el proyecto Chingaza, que consistía en construir túneles para la extracción del agua del páramo y abastecer a la capital de Colombia. Esta entidad le pidió al gobierno la protección de la zona, entonces este creó los Parques Nacionales Naturales para proteger el páramo. De esta manera, el acueducto realiza el trabajo y los parques garantizan una protección sobre la zona.

 

¿Por qué decidió irse?

 

“No decidí irme; me echaron a las malas. Después de la fábrica comienza lo que denomino el ‘periodo de terror en el páramo”. Su mirada baja al suelo y sus manos dejan en el piso el machete mientras coloca un pie en una roca para darse apoyo. “La situación fue muy dura porque la creación de estos parques y áreas protegidas se ha hecho sin ninguna planeación, sin socialización, sin estudios previos. Simplemente, cogen un mapa satelital desde una oficina y declaran áreas protegidas bajo las normas existentes. No han hecho estudios previos y, dentro de esas áreas, hay habitantes. Hay gente que depende de esa zona, de esos territorios, por eso llegó el conflicto.  El Acueducto comenzó a matarle el ganado a la gente, a dispararles en varios casos, y prácticamente los obligaron a abandonar sus predios”.​

¿Con la llegada de los Parques Nacionales la situación no mejoró? 

“En vez de mejorar, fue peor. No sabemos si fue con órdenes del Estado, pero los guardabosques comenzaron a hostigarnos para sacarnos. Así que a muchos les tocó irse prácticamente sin nada. Mi familia y yo somos sobrevivientes de ese acontecimiento. Me acosté en esta misma casa siendo legal y me levanté siendo ilegal”. 

 

¿Han recibido algún tipo de apoyo económico los campesinos afectados por las políticas de protección del páramo y las acciones del acueducto? 

 

“Nosotros nunca hemos recibido ningún apoyo económico; al contrario, hemos recibido trabas en el camino con la actividad que hacemos por pura necesidad, que es el ecoturismo. Hasta hace apenas unos dos años nos han dado reconocimientos que llenan el alma con orgullo, pero las medallas ni los títulos llenan el estómago. Nos han dado migajas en ayudas, como poner una represa o hacer una cerca, pero no es suficiente para mantener a la familia”. Suelta una risa mientras cambia de pie sobre la roca y continúa contando. “Ahora, si a nosotros, que tenemos reconocimientos y trabajamos directamente con Parques Nacionales y Acueducto, nos dan eso, las personas de la región menos”. 

Luis menciona que realmente las entidades de acueducto están haciendo algo ilegal, desviando el agua del páramo de Chingaza, que debería recorrer su camino natural hacia la región de La Calera y otros municipios, y llevándola hacia Bogotá. “Sé que lo hacen por necesidad, ya que Bogotá es la capital, pero la región abastece tres pozos de agua que cubre el 85% diario en las casas de la ciudad y aun así no recibimos ninguna participación.” 

Al terminar Luis suspira con una mirada melancólica, recuerda los tiempos de oro en los que la vida era más fácil, donde las lluvias abundaban y la felicidad se alcanzaba en la cumbre del páramo donde la bruma y el agua cristalina creaban un resplandor digno de admirar.   

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Créditos: Sebastian Moncada

Las opiniones aquí expresadas por los autores no representan la visión o ideología de la Universidad Externado de Colombia.

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