
Fotos cortesía de Andrés Rodríguez
Un hogar entre montañas

Por: Samuel Elias Abril Barrera

Andrés Rodríguez vive rodeado de montañas y de la bruma del páramo de Chingaza, en Guasca. Lugar, místico y silencioso, ha llegado a ser su hogar y propósito de vida. Hace seis años, junto a su esposa e hija pequeña, Andrés tomó una decisión que cambiaría su vida: abandonar el bullicio urbano para dedicarse a la vida en la finca familiar, un espacio natural de profundas riquezas que él considera un santuario.
"A veces me detengo frente a la ventana de una cabaña, miro el horizonte cubierto de bruma. Recuerdo las luces de la ciudad, el bullicio constante, y siento que estoy exactamente donde debo estar. Aquí el tiempo no corre, respira."
Hace seis años, Andrés dejó atrás la vida urbana para dedicarse a la finca familiar, un refugio de biodiversidad y paisajes únicos. Sin embargo, fue él quien decidió darle un propósito aún más noble: convertirla en un espacio de ecoturismo y educación ambiental. Ha construido varias cabañas rústicas, acogedoras y funcionales, donde los visitantes pueden disfrutar de la naturaleza en su máxima expresión. Estos alojamientos ofrecen una vista privilegiada de las montañas circundantes rodeados de frailejones, seres únicos del páramo que Andrés cuida y protege como si fueran sus propios hijos.

Andrés Rodríguez, dueño de RAKÚ

Foto por: Juan Pablo Díaz
A través de caminatas guiadas y talleres al aire libre, este campesino les comparte a sus visitantes los secretos del páramo. Con cada paso, revela las maravillas de la flora local, explica la importancia de los frailejones como guardianes del agua y enseña cómo este ecosistema es fundamental para la regulación hídrica de toda la región. Se esfuerza por transmitirles una conciencia ecológica profunda, en brindarles la ayuda para que cada persona logre entender el páramo no solo como un lugar hermoso, sino como un ecosistema crucial para la vida humana y la biodiversidad.
Su proyecto no se limita al ecoturismo. También ha desarrollado una pequeña producción de cerveza artesanal, hecha con agua de los manantiales del páramo, un recurso natural que respeta y valora profundamente. Su receta es sencilla y cuidadosa: solo emplea cebada, lúpulo y levadura, sin ningún aditivo artificial, para mantener la pureza del agua y su sabor natural. “En este proceso artesanal, busco combinar la tradición y el respeto al medioambiente, siempre con formas de minimizar el impacto ambiental”. Es consciente de que, al vivir en el páramo, debe seguir los ritmos de la naturaleza y utilizar los recursos de forma responsable.
Andrés también es un hombre de múltiples talentos. Antes de instalarse en el páramo a sus 24 años, trabajaba como ingeniero de sonido, músico y fotógrafo, desempeñándose con éxito en cine y televisión. Sin embargo, en su nueva vida, ha encontrado una forma distinta de canalizar su creatividad, sus habilidades artísticas para sensibilizar sobre la importancia de la conservación ambiental. A menudo, documenta los paisajes del páramo y la vida silvestre que lo rodea, este crea un archivo visual que no solo es hermoso, sino que también sirve como testimonio de la riqueza y fragilidad del lugar. Para él, cada fotografía es una oportunidad para que otros vean el páramo como él lo ve: un refugio sagrado que merece ser protegido.
La música, otro de sus amores, es también una parte integral de su vida en el páramo. A veces, en las noches tranquilas, Andrés toma su guitarra y toca para su familia, recrea un ambiente de paz y armonía que refleja la serenidad del entorno natural. “He aprendido a vivir de manera más simple y a valorar los momentos en familia, lejos de las distracciones de la vida urbana “comenta. “Cada día, me despierto agradecido por la oportunidad de vivir en un lugar donde el tiempo parece detenerse, donde la naturaleza dicta el ritmo de la vida”, agrega.

Andrés Rodríguez ejerciendo como fotógrafo

“Mi misión va más allá de simplemente ofrecer un espacio de descanso a los viajeros. Mi visión es más ambiciosa: quiero inspirar a cada persona que visite el páramo a entender la importancia de conservarlo y a convertirse en un guardián más de este maravilloso ecosistema.” Cada huésped se lleva una parte de su historia y una lección sobre la interdependencia entre los seres humanos y la naturaleza, un mensaje que Andrés intenta transmitir con cada proyecto que emprende en la finca.
“La vida en el páramo me ha transformado en un hombre más consciente y comprometido con la conservación. Ha aprendido sobre su clima frío y su vegetación singular, un regulador vital para el ciclo del agua y la vida en la región”. Cada decisión que toma Andrés, desde cómo cultiva su tierra hasta cómo elabora su cerveza, refleja su compromiso de vivir en armonía con este lugar que tanto ama.
Andrés, con 44 años actualmente, se ha convertido en un embajador del páramo, un defensor de su belleza y su importancia ecológica. Su trabajo y su estilo de vida son un ejemplo de cómo vivir con la naturaleza, un recordatorio de que, en última instancia, el bienestar humano está profundamente ligado a la salud de los ecosistemas que nos rodean.
"A veces, en las noches frías, pienso en la primera vez que llegamos a la finca. No había cabañas, solo una casa antigua y muchas preguntas en mi mente. Pero también había una paz que no había sentido antes, como si el páramo me estuviera diciendo: ‘Este es tu hogar’."
